En un rubro históricamente masculinizado, donde apenas el 10% de quienes trabajan son mujeres, la historia de Eugenia Romero irrumpe con fuerza, decisión y una convicción clara: las oportunidades no siempre llegan, a veces hay que crearlas.
Tiene 45 años, tres hijos, una familia que la acompaña y un proyecto que nació casi sin buscarlo. Estilista del Pasto comenzó en 2017, cuando una situación difícil marcó un antes y un después: su esposo se quedó sin trabajo. Lo que empezó como una tarea cotidiana —cuidar su propio jardín— se transformó, primero, en una ayuda para vecinas, luego en recomendaciones, y finalmente en un emprendimiento familiar que hoy recorre distintos barrios y departamentos.
“Me contrataron mis vecinas, me sumaron a un grupo del barrio y ahí empezó todo”, cuenta Eugenia. Con el tiempo, la demanda creció tanto que necesitó ayuda: primero su sobrino, después su esposo y su hijo. Hoy trabajan juntos, organizados, con agenda y clientes fijos.

Pero el camino no estuvo libre de prejuicios.
“Se sorprenden cuando llego. Esperan a alguien más robusto, y cuando me ven, delgadita, les llama la atención”, relata. Sin embargo, lejos de frenarla, esa sorpresa se transforma en una oportunidad para demostrar que la capacidad no tiene género.
En cada jardín que pisa, Eugenia también abre una puerta simbólica para otras mujeres. “Creo que hoy la mujer está ocupando lugares que antes eran de hombres. No solo por necesidad económica, sino porque eso también nos da valor, independencia y crecimiento”.
El trabajo, sin embargo, no es fácil. Jornadas bajo temperaturas extremas —40 grados en verano o escarcha en invierno— ponen a prueba la resistencia física y emocional. “No es una tarea liviana. Pero cuando te gusta, lo hacés con gusto”, afirma.
Antes de dedicarse a la jardinería, Eugenia era peluquera. Durante un tiempo combinó ambas actividades, hasta que tomó una decisión clave: apostar de lleno por este nuevo camino.
Además de transformar espacios verdes, su trabajo también construye vínculos. Muchas de sus clientas son mujeres que viven solas o adultas mayores. En ese ida y vuelta cotidiano, la relación trasciende lo laboral. “Te invitan un café, te cuentan sus cosas… uno termina siendo parte de su día. A veces esperan ese abrazo”.
Para Eugenia, hay algo que marca la diferencia: “La mujer es más responsable, más detallista. Eso se nota y los clientes lo valoran”.
Hoy, su mensaje es claro y directo para otras mujeres:
“Animarse. Todo se puede lograr con esfuerzo, sacrificio y dedicación. No hay que ponerse un no, sino apostar al sí. Y trabajar en lo que a una le gusta, porque eso se hace con placer”.
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