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A 11 años de la primera movilización de Ni Una Menos, miles de mujeres volvieron a ocupar las calles de San Juan para exigir el fin de las violencias de género. Sin embargo, antes de que la marcha comenzara a avanzar por el centro capitalino, una escena logró condensar el sentido profundo de la jornada.

Minutos después de las 17, frente a la Legislatura provincial, una de las referentes del movimiento Ni Una Menos, Jani Godoy, tomó el micrófono y pidió algo simple: que las mujeres se acercaran entre sí y se abrazaran.

La respuesta fue inmediata.

Mientras sonaba de fondo una versión mexicana de la canción “Ni Una Menos”, que recuerda los nombres de mujeres asesinadas por la violencia machista, miles de personas se fundieron en un abrazo colectivo. Hubo lágrimas, rostros conmovidos, miradas perdidas y largos silencios. Amigas abrazadas. Madres sosteniendo a sus hijas. Mujeres que quizás no se conocían, pero compartían una misma historia de lucha.

La imagen se transformó en el momento más emotivo de una movilización que, según datos oficiales, reunió a unas 6.000 personas.

A diferencia de otras convocatorias, la marcha estuvo marcada por instantes de profundo silencio. El contexto también fue diferente. La movilización se realizó pocos días después de los femicidios de dos adolescentes que conmocionaron al país y reavivaron el debate sobre la violencia contra mujeres y niñas.

Entre las columnas estuvieron presentes familiares de víctimas de femicidio de San Juan. Encabezaron la movilización la madre de Leila Rodríguez, asesinada en Ullum; la madre de Brenda Montaña, asesinada en Albardón; y los padres de Celesta Luna, asesinada en Rawson. Sus presencias recordaron que detrás de cada consigna existen historias atravesadas por pérdidas irreparables.

Tras el abrazo colectivo, la marcha avanzó por avenida Libertador, continuó por el centro sanjuanino y rodeó la Plaza 25 de Mayo. Finalmente, las organizaciones leyeron un documento en el que reclamaron políticas públicas de prevención, cuestionaron el desfinanciamiento de programas vinculados a las violencias de género y exigieron respuestas institucionales frente a una problemática que continúa cobrando víctimas.

Once años después de aquel primer grito colectivo que nació bajo la consigna Ni Una Menos, las calles volvieron a llenarse de mujeres.

Esta vez, la imagen que quedó grabada no fue una bandera ni una pancarta. Fue un abrazo. Miles de abrazos. Un gesto simple que, por unos minutos, convirtió el dolor individual en una fuerza colectiva.