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El pañuelo blanco las trasciende. No tiene nombre propio. Esa gesta de mujeres que en la Argentina abandonaron el protegido mundo del hogar, soltaron las bolsas de la compra para instalarse en plena Dictadura militar en la plaza pública para preguntar por sus hijos desaparecidos. Con un andar cansino, mezcla de procesión y marcha de protesta, en silencio, sin conocerse entre ellas, hicieron visible lo que deliberadamente la Dictadura militar buscó ocultar: el secuestro de las personas, los asesinatos, la ocultación de los cadáveres en los campos de detención clandestinos o arrojados a las aguas del Rio de la Plata para luego negar el crimen. “No están”, en la legendaria frase del dictador Videla.

Una insurgencia femenina que dio en el centro del corazón del poder político, pero, también, alteró el orden doméstico, el de sus hogares. Se fueron conociendo de a poco. Ninguna preguntaba “sos peronista, sos radical, sos comunista”. Eran madres, investidas del dolor, unidas por haber visto cómo les arrancaron los hijos, convertidas en Niobe, la reina trágica de la mitología griega que tuvo a sus hijos atravesados por las espadas lanzadas desde lugares inciertos como invisibles. Fue en la Plaza de Mayo, tradicional lugar de la fiesta o la protesta, donde se escenificó la gran tragedia nacional.

Como en un gran teatro abierto se recrean los mitos ancestrales de la María que pare a los hijos y la Antígona que reclama exequias y justicia. Desde Shakespeare a Freud, de Atenas a Roma, advierten que las mujeres en duelo aterrorizan a los hombres porque ellos son, ante todo, guerreros o ciudadanos. No es la mujer en el centro de la vida, y por eso, su guardiana, sino madres despojadas de los hijos y por eso arrojadas al misterio del orígen. Si las mujeres somos excesivas como nos satiriza la cultura, ¿hay un exceso mayor que una madre que busca a su hijo, desafía al tirano? Sin desconocer la universalidad de la figura materna, en la Argentina la supremacía de la tradición católica glorifica a las Marías que paren los hijos y la cruz de la Iglesia bendice al soldado.

Por eso, los militares no supieron qué hacer frente a esas madres que les increparon en la cara por sus hijos desaparecidos. Para la concepción patriarcal que sólo concibe para la mujer un destino de madre, sólo podían ser ¨unas locas¨, desquiciadas mujeres que jueves a jueves peregrinaban, no en torno a una vírgen, sino alrededor de un símbolo cívico, la Pirámide de la Plaza de Mayo. En las plazas giraron en silencio, pero en los despachos como en las sacristías, pocos se animaron a recibirlas para escuchar el clamor desesperado ¿donde están? Los presos desaparecidos, esa figura perversa a la que nadie vio morir. Ausencia permanente convertida en fantasma. La figura del desaparecido le dio a la tragedia argentina una validez universal al ingresar a la odiosa lista de las masacres administradas del siglo XX. Fueron los sobrevivientes los que desentrañan lo que vivió escondido. A medida que la Dictadura fue cayendo por su propio peso, humillada por una guerra perdida que nos devolvió la democracia, el pañuelo blanco se personalizó, tomó el nombre propio de las madres más visibles en la Plaza de Mayo, reconocidas antes por la prensa extranjera. Hebe de Bonafini y Estela de Carloto.

En el inicio de la democratización, el juicio a los comandantes institucionalizó una verdad que ya nadie pudo negar. Pero aquellas mujeres a las que la fraternidad del dolor había unido, mal resistieron la luz pública de la política. En poco tiempo se dividieron. En cuanto Hebe de Bonafini, al ideologizar la búsqueda de su hijo desaparecido, se despoja del lugar de madre y se muestra intransigente desde el inicio, invoca a los desaparecidos pero convoca a la muerte. Si perturba una madre sin lágrimas, más incómoda es una que insulta. Contrapuesta, Estela de Carlotto, la abuela de rostro apacible y decir respetuoso, gana respeto ante la sociedad. El tiempo acentúa las diferencias. Ambas han perdido a sus hijos, pero en cuanto unas buscan identificar cadáveres, las abuelas lidian con la vida de los bebés nacidos con sus madres en cautiverio o apropiados por sus captores. Pocos recuerdan que, en realidad, la fundadora de las Abuelas no fue Carlotto sino Chiche Mariani, quien intuyó temprano que debían buscar ayuda en la ciencia genética para reconocer la verdadera identidad de aquellos a los que el tiempo haría difícil su reconocimiento.

Fue en los Estados Unidos donde encontraron el “índice de abuelidad”, nombrado así en homenaje a las abuelas argentinas. Tal vez el aspecto más luminoso de la tragedia. Los científicos que crearon el Banco Nacional de Datos Genéticos, como el Equipo de Antropología forense, entrenados en nuestra tragedia, requeridos hoy en el mundo entero. 

Fuente: clarín