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Un equipo de periodistas de Tiempo de San Juan viajó a La Serena para cubrir el impacto de la temporada 2026 y se encontró con un obstáculo recurrente en la presencialidad digital: el ataque personal como forma de silenciar el trabajo profesional. Un usuario, bajo el alias @jeremias_miusic, intentó desestimar la cobertura enviando a las comunicadoras “al gym”, asegurando que “el periodismo puede esperar”.

María Agostina Montaño una de las periodistas afectadas no solo no se llamó a silencio, sino que respondió con ironía. “Perdón, es que estuvimos comiendo muchos mariscos mientras vos te atragantás a yerbeado con las patas en el canal Benavídez”, replicó, devolviendo el golpe con humor y dejando en evidencia la actitud envidiosa del agresor.

Más allá de lo “anecdótico”, el episodio reflejó una problemática sistémica. Según informes de ONU Mujeres y Amnistía Internacional, el acoso basado en la apariencia física tiene consecuencias graves en el ámbito laboral y la libertad de expresión:

  • Hostigamiento masivo: En Argentina, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia digital.
  • Mensajes de odio: El 59% de las mujeres con exposición pública recibe mensajes misóginos centrados en su cuerpo.
  • Consecuencias laborales: Un tercio de las mujeres afectadas por este tipo de violencia ha tenido que cambiar de empleo.
  • Autocensura: El 40% de las profesionales limitan su participación en redes para evitar ser juzgadas por su imagen antes que por su capacidad.

El peso de la mirada ajena. Este tipo de comentarios no son “opiniones constructivas”, sino mecanismos de control. La estadística señala que las mujeres sufren una afectación a su salud mental que duplica a la de los hombres ante ataques en redes, principalmente por la presión estética y los mensajes sexuales no solicitados.