En Santa Lucía vive una joven que aprendió a no elegir entre sus pasiones, sino a hacer de ambas un camino. Natalí Rivas —más conocida en redes como Rosso Dolce Pastelería— es docente de Educación Especial y pastelera por oficio. Dos vocaciones distintas, pero unidas por la misma esencia: el amor, la dedicación y el deseo de transformar el día de quienes la rodean.

“Trabajo tres veces por semana en la escuela, en turno mañana y turno tarde. Y con la pastelería no tengo días ni horarios fijos, siempre hay pedidos”, cuenta entre risas. Su vida se reparte entre aulas llenas de abrazos y cocinas donde la creatividad se hornea a fuego lento.
La vocación que nació del encuentro
Su historia profesional comenzó con dudas, como la de muchos jóvenes. “Al terminar la secundaria no estaba muy decidida en qué estudiar”, recuerda. Probó con Geología, luego con Educación Física, pero fue en el camino que descubrió su verdadera pasión: la Educación Especial.
“Fue una linda carrera, con muchas experiencias y esfuerzo. En una de mis prácticas conocí la Educación Especial y la amé”, dice con emoción. Hoy, Natalí es licenciada en Discapacidad y Actividad Física, y logró cumplir uno de sus grandes sueños: titularizar en una escuela de Capital. “Amo lo que hago, mis alumnos me llenan el alma. Ver esas caritas sonrientes y correr hacia mí para darme un abrazo no tiene precio”, confiesa.

El arte dulce que la conecta con su padre
Pero además de docente, Natalí es una apasionada pastelera. Su amor por la repostería nació desde la infancia, viendo a su padre, quien se dedicaba a la gastronomía. “Él me hacía las tortas de mis cumpleaños, hasta los muñecos de porcelana. Me pasaba viendo programas de pastelería en vez de dibujitos”, recuerda entre sonrisas.
Durante la pandemia, cuando las suplencias docentes se volvieron escasas, decidió apostar a esa pasión que siempre la acompañó. Así nació Rosso Dolce Pastelería, un emprendimiento que hoy crece a base de esfuerzo, creatividad y amor. “Nunca hice cursos, todo lo aprendí mirando a mi papá o buscando la manera de hacerlo”, relata con orgullo.
Cocinar, para ella, es una forma de expresión. “Me permite mostrar emociones, conectar con otros al compartir algo dulce. Terminar una torta después de horas de trabajo y ver el resultado me llena de satisfacción.”

Entre la tiza y el glaseado
Natalí sabe que mantener dos vocaciones no es sencillo, pero también tiene claro que no quiere elegir entre ellas. “Hay que conjugar el desarrollo profesional sin dejar nuestros gustos y pasiones. Si tienen dos pasiones, háganlas ambas como se pueda”, aconseja.
Su mensaje es claro: las mujeres pueden y deben ocupar todos los espacios que las hagan sentir vivas. “Cada vez somos más protagonistas en distintos ámbitos laborales. Hay que liderar con propósito, no buscando la aprobación social, sino el impacto real.”

El sueño que la impulsa
Entre las aulas y la cocina, Natalí también sueña. “Mi gran proyecto es abrir mi propio Café-Pastelería. Un espacio agradable, relajado, donde también pueda generar empleo”, comparte entusiasmada.
Y deja una reflexión final que resume su historia:
“Persigamos nuestros sueños, porque le dan propósito a nuestras vidas. Soñar es hermoso, pero construir ese sueño es lo que transforma. Nada que valga la pena nace fácil; se cultiva con caídas, con dudas y con fe.”



